La Batalla de Viena

Pocas batallas han sido registradas en la historia como decisivas para la Cristiandad en su enfrentamiento con el Islam. A pesar de que la gesta cristiana contra el mundo islámico llevó siglos de combates, se destacan algunos hitos que marcan etapas bien definidas. El primero es la batalla de Poitiers en la que Carlos Martel detiene el avance en el occidente europeo. De allí en más le cabrá a los reinos españoles la reconquista durante siete siglos.

En el otro extremo de Europa los polacos fueron la barrera de contención de la Cristiandad. El primer choque tuvo lugar en 1241 en los campos de Lignica donde el príncipe Enrique II el Piadoso, de la dinastía Piast, murió al frente de sus caballeros haciendo retroceder a los tártaros de Batu Khan. Más tarde, en 1571, la batalla de Lepanto asestó otro golpe decisivo al dominio turco en el Mediterráneo. En ese tiempo, el mundo islámico dominaba todo el sureste de Europa, incluyendo Moldavia, Valaquia, Hungría, Grecia, Serbia, Albania; el Asia Menor y el norte de África.

La derrota marítima no disminuyó sin embargo el poderío territorial turco que siguió amenazando a la Cristiandad por un siglo y medio más en sus fronteras orientales. En 1683 la invasión turca había llegado a Viena y había sitiado a la ciudad. La caída de Viena hubiera significado la apertura del camino hacia el corazón de Europa, derrumbando los turcos a su paso toda manifestación de la civilización cristiana.

Polonia mientras tanto había concluido un tratado con los turcos como resultado de las victorias del rey Juan III Sobieski en las batallas de Chocim (1673), Lwów (1675) y Zurawno (1676). Este tratado aseguraba la paz con los turcos y permitió la recuperación de las dos terceras partes de Ucrania y los prisioneros tomados en esclavitud. Sin embargo en 1678 la Dieta polaca no ratificó el tratado y declaró la guerra al Imperio Otomano ante la arrogancia turca y las demandas del Papa Inocencio XI, que se proponía constituir una coalición europea para enfrentar al Islam. Esta coalición recibió el nombre de Santa Liga (1680) y pese a los esfuerzos de reunir a toda la Europa sólo contó con Polonia, Austria, Venecia y el mismo Papado.

En ese entonces Luis XIV de Francia se enfrentaba políticamente a Leopoldo I de Austria y amenazaba invadir el Rhin. En Hungría la rebelión contra los Habsburgos hizo que su líder lmre Thőkőly se pusiera bajo la protección de los turcos facilitando su avance hacia Viena en 1683. Por otra parte Polonia para encarar su nueva cruzada suspendió sus acciones contra Prusia y celebró un tratado con Rusia por el cual ésta se comprometía a participar en la campaña y Polonia cedía Kiew y Smoleńsk. Moscú no cumplió su parte, quedando en manos de Sobieski la responsabilidad de la guerra.

En 1683 las fuerzas turcas que sumaban trescientos mil hombres se dirigieron desde Andrinópolis a Belgrado y de allí a Hungría. El Gran Visir Kara Mustafa con unos ciento treinta y ocho mil hombres sitió Viena. Leopoldo I abandonó Viena el 7 de julio y envió una carta a Juan Sobieski en la que solicitaba su ayuda diciendo: “esperamos a Vuestra Majestad para comandar nuestros ejércitos porque sabemos que Vuestra presencia tan temida por los enemigos les impondrá la derrota”. A principios de agosto llegaron a la corte de Sobieski el Nuncio Apostólico Pallavicini y el embajador Waldstein. El 15 de agosto el rey estaba en Cracovia al frente de veintidós mil hombres que a marchas forzadas recorrieron 400 Km en quince días para llegar a las cercanías de la ciudad sitiada. Dada la premura el rey no esperó a diez mil lituanos y cinco mil polacos más que se le unirían después del 12 de septiembre. También llegó con fuerzas de auxilio Carlos V de Lorena al frente de bávaros, sajones y franceses. En Viena junto al emperador Leopoldo I ya se encontraba Jerónimo Lubomirski con sus dos mil ochocientos caballeros. Las fuerzas cristianas llegaron a unos setenta mil hombres, de los cuales veintiséis mil eran polacos.

El 3 de septiembre el consejo de jefes confió el mando al rey Sobieski y se iniciaron los planes para el despliegue de las tropas y el ataque. Los polacos ocuparon el ala derecha al mando de Estanislao Jablonski y Nicolás Sieniawski, en el centro se colocaron los bávaros, franceses y parte de los austriacos, y a la izquierda, sobre el Danubio, los sajones y austriacos al mando de Carlos de Lorena. En la misma ciudad quedaban sólo cuatro mil defensores de los doce mil iniciales, que ya estaban completamente agotados. Ante la proximidad de las fuerzas cristianas Kara Mustafa a dejó en torno a la ciudad diez mil infantes y zapadores que colocaron cargas para volar los muros. Kara Mustafa había cometido el error de permitir que sus adversarios cruzaran el Danubio y confiaba poder resistirlos en las lomadas y viñedos que se interponían entre los montes Kahlenberg y Leopoldsberg y el norte de la ciudad mediante el ataque de los jenízaros, pues estos terrenos hacían difícil la acción de la caballería pesada polaca.

El 12 de septiembre, luego de las escaramuzas de los días anteriores se lanzó el ataque cristiano que en las horas de la mañana no lograba definirse. A las cuatro de la tarde el rey Sobieski al frente de los húsares polacos inició sucesivas cargas que quebraron las líneas turcas penetrando en el campamento y dispersando completamente al enemigo. A las seis de la tarde la batalla había terminado y Sobieski capturaba toda la artillería turca, sus tiendas y botín, y la bandera verde del Islam. Esta bandera la remitió al Papa con las palabras “Veni, Vidi et Deus Vincit”, y desde entonces se guarda en el Vaticano, donde también quedó registrada en una tela del pintor Juan Matejko la entrada triunfal del rey polaco en Viena.

La derrota en Viena significó el final de la expansión islámica en Europa y el comienzo de su retirada en diversas batallas que continuó Sobieski y después de él otros príncipes cristianos durante un cuarto de siglo más. A Kara Mustafa esta derrota le costó la vida ya que un año más tarde el Sultán lo haría estrangular. En el campo de batalla de Viena quedaron cuatro mil muertos y mil quinientos heridos cristianos, de los cuales unos dos mil quinientos fueron polacos. Los turcos a su vez dejaron allí a veinticinco mil de los suyos.

Como resultado de la derrota turca en 1699 el imperio otomano abandonó sus pretensiones sobre los territorios europeos que había conquistado en siglos anteriores y grandes cambios se produjeron en el centro oeste de Europa. Para Polonia el tratado de Karlovci de 1699 significó el fin de las guerras con Turquía iniciándose una era de paz. Un siglo más tarde se producirían los repartos de Polonia a manos de quienes habían sido defendidos por ella. Austria le debía la victoria de Viena, Prusia la paz que Polonia se impuso para enfrentar al Islam, Rusia que no cumplió su pacto quedó en posesión de tierras polacas. Turquía sin embargo en esta circunstancia se opuso a los repartos, aunque sin posibilidades de impedirlos. Los vencidos guardaron respeto y admiración por sus vencedores; los aliados pagaron con traición y despojo. El desmembramiento de la Cristiandad operado lentamente durante casi dos siglos a partir de la Reforma de 1517 produjo estas contradicciones en las que Austria católica, a su vez enfrentada con Francia católica, Prusia protestante y Rusia ortodoxa se entendían para destruir a la nación que había permanecido fiel a su misión histórica.

Witold R. Kopytyński

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