Por Margarita Schultz
Jan Matejko nació y falleció en Cracovia, Polonia (1838 - 1893).
Este artista alcanzó reconocimiento por sus cuadros de batallas históricas. Fue considerado como el mayor pintor polaco de situaciones notables relativas a la historia de Polonia.
Es el caso del cuadro sobre “La Batalla de Grünwald”, como también ese otro, conmemorativo de la proclamación de la Constitución de Mayo de 1791, pintado al óleo por Matejko, en 1891.
El trabajo titulado "Constitución del 3 de mayo de 1791" (1891) representa la promulgación de la primera Constitución moderna de Europa, en Polonia. La obra es un óleo sobre lienzo en la línea del romanticismo, creado por este artista para conmemorar el centenario de ese evento. Actualmente se encuentra expuesta en el Castillo Real de Varsovia.
Se designó a Matejko como ‘pintor nacional’ de Polonia, por ser destacado pintor de batallas y momentos históricos valiosos.
Pero, se puede notar que, en el conjunto de su obra, los cuadros de multitudes, por un lado, y los de retratos (de personas y personalidades), por otro, exhiben fuertes diferencias. Cuando observamos imágenes de multitudes, nuestra mirada abarca un conjunto de personajes en actitudes grupales, masivas; cuando miramos un individuo retratado percibimos a una persona, rescatamos su actitud emocional. En este segundo caso la mirada del observador se detiene, es convocada sobre todo por los ojos y la boca de la persona retratada… los efectos son distintos. Es como si en las primeras sonaran fragorosos sonidos de batallas, en cambio, en los retratos, predominara el amable silencio de alguien que aguarda.
La célebre batalla de Grünwald de 1410, fue pintada en 1878. En la historia de Polonia se registró como contienda crucial contra los teutones. Ese cuadro hizo famoso a Matejko. Se descubren allí diversas maneras de la organización visual. Por una parte, la de tropas entreveradas y profusas en el estrépito de la batalla, por otra, principalmente la de dos personajes, sobresalientes, vestidos de blanco y rojo, montados en sus respectivos caballos briosos, uno en blanco, otro en negro, además se reconoce la de los paños de género, resaltados en tonos claros. Estas son zonas más calmadas, aun cuando ondulantes.
Como retratista, Matejko no solo refleja los rasgos del retratado, sino que se propone como descubridor de actitudes personales. Al tomar en cuenta sus numerosos retratos, se nota su valía como observador y pintor y de lo humano. Porque pintar un buen retrato no es solamente cuestión de oficio pictórico, sino, especialmente, de capacidad de observación afectiva del alma humana y de su revelación.
Se advierte esto último en la pintura de Matejko que abarca desde los rasgos definidos de reyes y militares, hasta los delicados trazos en retratos de mujeres, o la huella aprehendida del paso de los años, en un rostro, como se ve en su Autorretrato, o en Retrato de un anciano. Sus retratos exaltan lo peculiar de cada persona.
Sorprenden, además, sus notables bocetos y proyectos de ‘personajes insólitos’, con una gráfica que bien podría estar hoy en una historieta o en un cómic, en una ‘manga’. Esas fueron realizadas en 1890, en lápiz y acuarela.
Sobre la base de los diseños de Matejko fueron realizadas numerosas restauraciones en la ciudad de Cracovia, así como los murales de la Iglesia Santa María, allí mismo.
Los paisajes y las ‘naturalezas muertas’ (con un término más amable, ‘still leben’, vida silenciosa) carecen de presencia en el conjunto de su obra; se conocen un paisaje de Bebek, de las cercanías de Constantinopla y un conjunto de frutas sobre una superficie.
Por su asombroso número, la gran diferencia en el total de su obra la marca como categoría, ‘el retrato’. Dos figuras polacas notables fueron realzadas en sus cuadros: una, la de Tadeusz Kosciuszko, relevante militar polaco conocido por sus actuaciones en las guerras de Independencia en América y Europa, otra, fue la de Nicolás Copérnico, de permanente influencia en la Historia Científica de la Humanidad.
Se suele exaltar y dar a conocer a Jan Matejko por sus cuadros de batallas, o por los históricos, con multitudes de personajes. Pero es un desafío pensar que acaso sea el retrato, el principal motivo de su trascendencia como artista.
Es notorio, es en los retratos donde Matejko ha puesto de manifiesto su oficio y su sensible capacidad de comprensión de la expresividad humana.