Las pintoras polacas de Martínez

Artistas polacos que llegaron a Argentina después de la Segunda Guerra Mundial.

Bárbara Anastasia Lindemann von Falkenau y Danuta Halina Skoczylas: una historia de arte, guerra y exilio

Hay historias que uno lleva consigo durante toda la vida. Para mí, la de Bárbara Anastasia Lindemann von Falkenau y su hija Danuta Halina Skoczylas es una de ellas.

Nuestras familias fueron grandes amigas y, siendo niño, tuve la oportunidad de asistir a las clases de dibujo y pintura que impartía Pani Basia, como cariñosamente llamábamos a Bárbara. Aquellas enseñanzas dejaron en mí una huella que perdura hasta hoy: aprendí no solo a observar y valorar una pintura, sino también a mirar de otra manera una obra de arte o incluso una construcción arquitectónica.

Con los años comprendí que detrás de aquellas pinturas había mucho más que talento. Había una historia extraordinaria de guerra, deportación, hambre, persecución y exilio: la historia de dos mujeres polacas que atravesaron algunos de los episodios más dramáticos de la Europa del siglo XX y que finalmente encontraron en la Argentina la posibilidad de comenzar nuevamente.

De Kiev y Varsovia a Siberia

Bárbara Anastasia Lindemann von Falkenau nació el 7 de abril de 1902 en Kiev, entonces parte del Imperio ruso. Recibió una educación de elite y, según los recuerdos transmitidos por la familia, llegó a ser compañera de escuela de Anastasia Nikoláyevna, la hija menor del zar Nicolás II.

Su hija, Danuta Halina Skoczylas, nació el 18 de agosto de 1926 en Varsovia.

En 1939, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, ambas se encontraban en Varsovia. Ante el avance alemán decidieron dirigirse hacia el este. Durante el viaje ocurrió un episodio que parece salido de una película.

El perro que las acompañaba, Kubuś, saltó inesperadamente del automóvil. Madre e hija descendieron para seguirlo y, apenas unos segundos después, el vehículo fue alcanzado por la metralla de un avión alemán.

Kubuś les había salvado la vida. Pero el peligro estaba lejos de haber terminado. Al llegar a Lwów, la policía política soviética revisó las pertenencias de Danuta, que apenas tenía trece años. Entre ellas encontraron un pequeño cortaplumas con insignias del escultismo polaco. Para las autoridades soviéticas, aquel objeto fue suficiente para considerar a madre e hija elementos peligrosos para el régimen. Fueron detenidas y deportadas a Siberia.

Allí padecieron hambre y las duras condiciones de los campos soviéticos. Permanecieron detenidas hasta 1941, cuando la invasión alemana de la Unión Soviética modificó el escenario de la guerra. El Acuerdo Sikorski-Maiski, firmado en julio de ese año, permitió la liberación de numerosos polacos detenidos en territorio soviético.

Pero para Bárbara y Danuta la libertad todavía no estaba asegurada. Las autoridades se negaron a liberar a la joven. Danuta organizó entonces una fuga y ambas consiguieron escapar.

El camino hacia el Ejército Polaco

Madre e hija emprendieron un largo y agotador viaje hacia el sur, siguiendo las informaciones sobre los lugares donde se estaban formando unidades del Ejército Polaco. Cuando finalmente llegaron a uno de los centros de reclutamiento, recibieron una nueva negativa: solamente se incorporaban hombres. Desesperada ante la posibilidad de quedar nuevamente abandonada a su suerte, Danuta amenazó con quitarse la vida junto con su madre si no las aceptaban.

La determinación de aquella adolescente terminó imponiéndose y ambas fueron incorporadas a las estructuras polacas. Fueron destinadas a un hospital bajo mando británico, donde comenzaron a trabajar como enfermeras. Poco después, Danuta recibió formación militar y aprendió a conducir camiones. Un conductor le había aconsejado que aprendiera a manejar porque los hombres podían ser enviados al frente. Una vez más, aquel aprendizaje resultaría decisivo.

Posteriormente, Danuta fue enviada a Glasgow, donde completó sus estudios secundarios. Más tarde se trasladó a Londres y estudió arte en el Hammersmith School of Art and Craft. La joven que había sobrevivido a la guerra, Siberia y el exilio comenzaba así a transformar su experiencia en una nueva vocación.

Argentina: una nueva vida

Al finalizar la guerra, Bárbara y Danuta debieron decidir entre regresar a Polonia o buscar un nuevo hogar. Danuta no quería volver. La persecución soviética había dejado una profunda marca: aquel pequeño cortaplumas con insignias del escultismo polaco había sido suficiente para que la condenaran a 25 años de prisión y, después de su fuga, temía enfrentar una pena aún mayor. Tampoco pudieron emigrar a los Estados Unidos. Entonces apareció la Argentina.

En 1947 llegaron a nuestro país, que para ellas significó mucho más que un destino. Mientras Europa todavía intentaba recuperarse de la devastación de la guerra, la Argentina les ofreció la posibilidad de reconstruir sus vidas, trabajar y formar una familia.

Danuta comenzó decorando vidrieras en la Avenida Santa Fe. Más tarde desarrolló una importante trayectoria como docente de arte en el Northlands School, donde enseñaba en inglés. Entre sus alumnas estuvo quien muchos años después se convertiría en Máxima Zorreguieta, Reina de los Países Bajos. El arte, que había acompañado a Danuta desde su juventud, se convirtió así en una herramienta para reconstruir su vida y transmitir a nuevas generaciones los conocimientos adquiridos en Europa.

El Dom Polski y la familia Kostecki

La vida de Danuta también estuvo ligada a la comunidad polaca de Buenos Aires. En el Dom Polski de la calle Borges conoció a su esposo, Rafal Kostecki, con quien tuvo dos hijos: Hubert y Andrzej (Witek).

Witek continuó ese vínculo con la comunidad y desarrolló una destacada trayectoria en el sistema de bomberos voluntarios de Córdoba, como Presidente de Bomberos Voluntarios de Alta Gracia, Delegado de la Regional 7 y Tesorero de la Federación de Bomberos Voluntarios de la Provincia de Córdoba.

Martínez: arte, amistad y memoria

Bárbara y Danuta fueron vecinas de Martínez, donde continuaron sus vidas ligadas al arte y a la comunidad polaca. Para quienes las conocimos, fueron mucho más que sobrevivientes de la guerra, Siberia y el exilio: fueron mujeres que supieron reconstruir su vida y mantener viva su identidad polaca.

Bárbara, Pani Basia, dejó en mí una huella imborrable a través de sus clases de pintura. Cuando hoy observo una obra de arte, muchas veces recuerdo aquellas tardes y su manera de enseñarnos a mirar.

Bárbara falleció en Buenos Aires en 1987 y Danuta en Alta Gracia en 1999. Quedaron sus pinturas, sus enseñanzas y la memoria de dos mujeres que transformaron el exilio en una nueva vida.

Para mí, Bárbara y Danuta no son solamente dos nombres que merecen un lugar en la historia de los polacos que llegaron a la Argentina. Son parte de mi propia historia y de la memoria de una generación que, después de atravesar uno de los períodos más trágicos de la historia de Polonia, consiguió reconstruir su existencia lejos de su patria.

Cuando pienso en las pintoras polacas de Martínez, no recuerdo solamente sus cuadros. Recuerdo a dos mujeres que sobrevivieron a la guerra, a Siberia y al desarraigo, y que encontraron en el arte una forma de preservar aquello que ninguna guerra pudo quitarles: su identidad, su sensibilidad y su vínculo con Polonia.

Y recuerdo también a la Argentina que las recibió cuando Europa todavía llevaba las heridas de la guerra. Para Bárbara, para Danuta y para tantos inmigrantes que llegaron desde los lugares más diversos del mundo, nuestro país significó algo esencial: la posibilidad de comenzar otra vez.

Consultor:

Andrés Kostecki

Fotografías:

Gentileza de Andrés Kostecki

  1. Danuta Halina Skoczylas la segunda desde la izquierda en una formación de vehículos Ford G8T militarizados en algún lugar no identificado de Oriente Medio.
  2. Danuta Halina Skoczylas, en uniforme del Segundo Cuerpo de Ejército Polaco.
  3. Bárbara Anastasia Lindemann von Falkenau, en uniforme del Segundo Cuerpo de Ejército Polaco.
  4. Cuadro pintado por Bárbara Anastasia Lindemann von Falkenau.

 

Andrés Chowanczak
Embajador de la Historia Polaca

 

Polscy artyści, którzy przybyli do Argentyny po II wojnie światowej

Polskie malarki z Martínez

Barbara Anastasia Lindemann von Falkenau i Danuta Halina Skoczylas – historia sztuki, wojny i emigracji

Są historie, które człowiek nosi w sobie przez całe życie. Dla mnie jedną z nich jest historia Barbary Anastazji Lindemann von Falkenau i jej córki Danuty Haliny Skoczylas.

Nasze rodziny były ze sobą bardzo zaprzyjaźnione. Jako dziecko miałem okazję uczestniczyć w lekcjach rysunku i malarstwa prowadzonych przez Panią Basię, jak pieszczotliwie nazywaliśmy Barbarę. Te zajęcia pozostawiły we mnie ślad, który trwa do dziś. Nauczyłem się nie tylko obserwować i doceniać malarstwo, ale także inaczej patrzeć na dzieło sztuki, a nawet na konstrukcję architektoniczną.

Z biegiem lat zrozumiałem, że za tymi obrazami kryło się znacznie więcej niż talent. Była tam niezwykła historia wojny, deportacji, głodu, prześladowań i emigracji – historia dwóch Polek, które doświadczyły najbardziej dramatycznych wydarzeń Europy XX wieku, a następnie znalazły w Argentynie możliwość rozpoczęcia życia od nowa.

Z Kijowa i Warszawy na Syberię

Barbara Anastazja Lindemann von Falkenau urodziła się 7 kwietnia 1902 roku w Kijowie, wówczas należącym do Imperium Rosyjskiego. Otrzymała wykształcenie na wysokim poziomie i, zgodnie z rodzinnymi wspomnieniami przekazywanymi przez lata, miała być koleżanką szkolną Anastazji Nikołajewny, najmłodszej córki cara Mikołaja II.

Jej córka, Danuta Halina Skoczylas, urodziła się 18 sierpnia 1926 roku w Warszawie.

W 1939 roku, gdy wybuchła II wojna światowa, obie przebywały w Warszawie. W obliczu niemieckiego natarcia postanowiły udać się na wschód. Podczas podróży wydarzyło się coś, co mogłoby być sceną z filmu.

Towarzyszący im pies Kubuś niespodziewanie wyskoczył z samochodu. Matka i córka wysiadły, aby za nim pobiec. Zaledwie kilka sekund później samochód został trafiony odłamkami niemieckiego samolotu.

Kubuś uratował im życie.

Niebezpieczeństwo jednak wcale się nie skończyło.

Po przybyciu do Lwowa sowiecka policja polityczna przeszukała rzeczy Danuty, która miała zaledwie trzynaście lat. Wśród jej rzeczy znaleziono mały scyzoryk z odznakami polskiego harcerstwa. Dla władz sowieckich ten przedmiot wystarczył, aby uznać matkę i córkę za osoby niebezpieczne dla reżimu.

Zostały aresztowane i deportowane na Syberię.

Tam cierpiały głód i znosiły ciężkie warunki panujące w sowieckich obozach. Pozostawały w niewoli do 1941 roku, kiedy niemiecka inwazja na Związek Sowiecki zmieniła sytuację na froncie. Podpisany w lipcu tego roku układ Sikorski–Majski umożliwił uwolnienie wielu Polaków przetrzymywanych na terytorium sowieckim.

Dla Barbary i Danuty wolność wciąż jednak nie była zagwarantowana. Władze odmówiły zwolnienia młodej Danuty. Dziewczyna zorganizowała wówczas ucieczkę i obie zdołały wydostać się na wolność.

Droga do Armii Polskiej

Matka i córka rozpoczęły długą i wyczerpującą podróż na południe, kierując się informacjami o miejscach, w których formowano polskie jednostki wojskowe.

Kiedy wreszcie dotarły do jednego z punktów rekrutacyjnych, spotkała je kolejna odmowa: przyjmowano wyłącznie mężczyzn. Zrozpaczona perspektywą ponownego pozostawienia ich własnemu losowi Danuta zagroziła, że jeśli nie zostaną przyjęte, odbierze sobie życie razem z matką.

Determinacja tej nastolatki ostatecznie zwyciężyła i obie zostały przyjęte do polskich struktur wojskowych.

Skierowano je do szpitala znajdującego się pod dowództwem brytyjskim, gdzie rozpoczęły pracę jako pielęgniarki. Wkrótce Danuta przeszła szkolenie wojskowe i nauczyła się prowadzić ciężarówki. Jeden z kierowców poradził jej, aby nauczyła się prowadzić, ponieważ mężczyźni mogli zostać wysłani na front.

Po raz kolejny ta umiejętność okazała się niezwykle ważna.

Później Danuta została wysłana do Glasgow, gdzie ukończyła szkołę średnią. Następnie przeniosła się do Londynu i studiowała sztukę w Hammersmith School of Art and Craft.

Młoda kobieta, która przeżyła wojnę, Syberię i wygnanie, zaczęła w ten sposób przekształcać swoje doświadczenia w nowe powołanie.

Argentyna – nowe życie

Po zakończeniu wojny Barbara i Danuta musiały podjąć decyzję: wrócić do Polski czy znaleźć nowy dom. Danuta nie chciała wracać. Sowieckie prześladowania pozostawiły w niej głęboką traumę. Ten mały scyzoryk z odznakami polskiego harcerstwa wystarczył, aby skazano ją na 25 lat więzienia, a po ucieczce obawiała się jeszcze surowszej kary.

Nie udało im się również wyemigrować do Stanów Zjednoczonych.

Wtedy pojawiła się Argentyna.

W 1947 roku przybyły do naszego kraju, który stał się dla nich czymś znacznie więcej niż tylko miejscem osiedlenia. Podczas gdy Europa wciąż próbowała podnieść się z ruin wojny, Argentyna dała im możliwość odbudowania życia, pracy i założenia rodziny.

Danuta rozpoczęła pracę przy dekorowaniu wystaw sklepowych przy Avenida Santa Fe. Później rozwinęła znaczącą karierę jako nauczycielka sztuki w Northlands School, gdzie prowadziła zajęcia w języku angielskim. Wśród jej uczennic znalazła się osoba, która wiele lat później została Máximą Zorreguietą, królową Niderlandów.

Sztuka, która towarzyszyła Danucie od młodości, stała się w ten sposób narzędziem odbudowy jej życia oraz przekazywania kolejnym pokoleniom wiedzy zdobytej w Europie.

Dom Polski i rodzina Kosteckich

Życie Danuty było również związane z polską społecznością Buenos Aires. W Domu Polskim przy ulicy Borges poznała swojego przyszłego męża, Rafała Kosteckiego. Mieli dwóch synów: Huberta i Andrzeja (Witka).

Witek kontynuował więź z polską społecznością i rozwinął znaczącą działalność w strukturach ochotniczej straży pożarnej w prowincji Córdoba. Jest prezesem Ochotniczej Straży Pożarnej w Alta Gracia, delegatem Regionalnego Okręgu 7 oraz skarbnikiem Federacji Ochotniczych Straży Pożarnych Prowincji Córdoba.

Martínez – sztuka, przyjaźń i pamięć

Barbara i Danuta były mieszkankami Martínez, gdzie nadal prowadziły życie związane ze sztuką i polską społecznością. Dla tych, którzy mieli szczęście je znać, były kimś znacznie więcej niż tylko ocalałymi z wojny, Syberii i emigracyjnego losu. Były kobietami, które potrafiły odbudować swoje życie i zachować żywą polską tożsamość.

Barbara, Pani Basia, pozostawiła we mnie niezatarte wspomnienie poprzez swoje lekcje malarstwa. Kiedy dziś patrzę na dzieło sztuki, często przypominam sobie tamte popołudnia i jej sposób uczenia nas patrzenia.

Barbara zmarła w Buenos Aires w 1987 roku, a Danuta w Alta Gracia w 1999 roku. Pozostały po nich obrazy, nauki i pamięć o dwóch kobietach, które potrafiły zamienić doświadczenie emigracji w nowe życie.

Dla mnie Barbara i Danuta nie są jedynie dwoma nazwiskami, które zasługują na miejsce w historii Polaków przybyłych do Argentyny. Są częścią mojej własnej historii i pamięci pokolenia, które po przejściu przez jeden z najbardziej tragicznych okresów w dziejach Polski zdołało odbudować swoje życie z dala od ojczyzny.

Kiedy myślę o polskich malarkach z Martínez, nie przypominam sobie wyłącznie ich obrazów. Widzę dwie kobiety, które przeżyły wojnę, Syberię i utratę rodzinnego kraju, a w sztuce znalazły sposób na zachowanie tego, czego żadna wojna nie zdołała im odebrać: tożsamości, wrażliwości i więzi z Polską.

I pamiętam również Argentynę, która przyjęła je w czasie, gdy Europa wciąż nosiła rany wojny. Dla Barbary, Danuty i tak wielu imigrantów przybywających z najdalszych zakątków świata nasz kraj oznaczał coś niezwykle ważnego: możliwość rozpoczęcia wszystkiego od nowa.

Konsultacja:
Andrés Kostecki

Fotografie:
Dzięki uprzejmości Andrésa Kosteckiego

  1. Danuta Halina Skoczylas – druga od lewej – podczas formowania zmilitaryzowanych pojazdów Ford G8T w nieustalonym miejscu na Bliskim Wschodzie.
  2. Danuta Halina Skoczylas w mundurze 2. Korpusu Polskiego.
  3. Barbara Anastazja Lindemann von Falkenau w mundurze 2. Korpusu Polskiego.
  4. Obraz namalowany przez Barbarę Anastazję Lindemann von Falkenau.

Andrés Chowanczak
Ambasador Historii Polski

 

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